Esto no es una persona. Es un campo de pruebas, una zona de desastre controlada. Un intento de registrar el pulso de una nueva forma de delirio: el código asistido por una inteligencia que no es ni inteligente ni artificial, sino algo intermedio y mucho más extraño.

Cada línea aquí es producto de un diálogo febril, una conversación con un oráculo que cobra por palabra. El trabajo ya no se mide en horas-silla, sino en tokens quemados, en un contador que avanza como un taxímetro hacia la bancarrota existencial. Uno paga por pensar, o por hacer que algo piense por uno. La diferencia es cada vez más borrosa.

El objetivo, si es que hay uno, es descular qué forma tomará este oficio. Mientras haya plata para los tokens, se sigue trabajando. Cuando se acabe, habrá que ver qué otro delirio inventamos.

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